La estepa cerealista
Por Javier Peña
Nuestro socio Javier Peña conocido por su gran contribución a la vida interna de Fonamad, siempre con aportaciones originales como la serie de entrevistas a los socios, y publicando asiduamente entradas muy orientadas a la divulgación y acompañadas de trabajos fotográficos de gran calidad.
Y por si esto fuera poco, sus relatos tiene siempre una gran carga emocional.
En esta ocasión nos habla de la estepa cerealista, uno de los entornos que le es más cercano. Esperamos que disfrutéis de todo lo que cuenta y muestra, no tiene desperdicio.
*Para ver las fotos más grandes, haga clic.*
La estepa cerealista y sus habitantes
Hay un paisaje típico de las dos mesetas castellanas donde la vida parece no avanzar. Tan sólo el cambio de color de los cultivos cerealistas nos da una pista de la estación del año: verdes, amarillos, dorados y marrones de la tierra en barbecho. También la temperatura ambiental nos da una pista, inviernos gélidos (cada año menos), tórridos veranos y cada vez más cortas primaveras y otoñadas.
Es un paisaje típicamente agrario: cereales: trigo y cebada, barbechos asociados, y otros cultivos, como girasol o leguminosas; paisajes abiertos, llanos o de suaves ondulaciones, con pocos árboles o arbustos desarrollados que albergan una valiosa biodiversidad.
Los distintos cultivos y eriales hacen un espacio con un cierto atractivo visual con geométricas manchas de color
Son espacios de piedra, terrón y espigas, con poca presencia humana, aunque la que hay interviene de manera periódica e intensiva en el paisaje. Gente dura, de pocas palabras, de soledad, de manos ásperas por el duro trabajo y que antiguamente se integraban con el paisaje.
Pero en pocos años todo esto ha cambiado: el arado ha sido sustituido por potentes tractores; la hoz por gigantes cosechadoras que en unos días hacen la labor de meses de trabajo de antes; ya apenas se escuchan las esquilas de las ovejas, porque van desapareciendo los rebaños por falta de jóvenes que quieran dedicarse a esa vida y una administración que cada vez lo pone más difícil y mira más por intereses económicos que por lo natural y con sus trabas “burrocráticas”, que no están hechas para gente más acostumbrada a sujetar el cayado y el azadón que bolígrafo y papel.
Terreno duro, de piedra y soledad donde la vida encuentra su hueco
Pero este peculiar hábitat está lleno de vida, vida que va cambiando, las más de las veces por la ausencia de sus protagonistas principales, desde los más pequeños invertebrados, pasando por los huidizos mamíferos y llegando a las más visuales aves, sus poblaciones no hacen más que menguar, principalmente por la mala gestión del bípedo que lo interviene todo, más guiado por lo económico que por el equilibrio de la naturaleza, dejando para futuras generaciones un desierto sin vida animal.
En el páramo la vida es discreta, no conviene llamar mucho la atención salvo en momentos puntuales, por línea general predominan los colores apagados, miméticos, terrosos pero como en todo siempre hay excepciones con alguna nota de color, la presencia se escucha más que se ve, y más en época de amoríos cuando la estepa cerealista se convierte en un bello coro de sinfonías.
Alondras, bisbitas, calandrias, cogujadas, terreras… modestas aves que comparten espacio con una gran variedad de invertebrados, y también sapo corredor, ocelados o las siempre e injustamente tratadas culebras bastardas y de escalera, y también liebres, conejos, corzos y los omnipresentes y desconfiados jabalís y zorros, eso en el suelo, en el cielo son observados por los acrobáticos aguiluchos cenizos y milanos, los estáticos cernícalos, la elegante calzada, una biodiversidad que merece la pena explorar y conocer.
Comienza el día cuando aún la luz todavía no ha vencido a las tinieblas, el característico “pas-pa-llás” de la codorniz se mezcla con el cloqueo corto del macho de la perdiz subido en su habitual cantadero. No son los cantos más melodiosos, pero cumplen con su labor de dejarse oír para atraer a sus hembras.
Levanta el sol, el cielo recupera su intenso azul y las primeras aves cantoras del páramo comienzan a afinar sus notas musicales. De lo alto cuelga la alondra con su amplia variedad de estrofas. Las calandrias cantan mientras persiguen a los intrusos que osaron invadir sus espacios. El escribano triguero elige la rama más alta del rosal silvestre, allí donde más ilumina el sol para desplegar sus notas. Su característico pico con “su diente” le hace inconfundible y su melodioso trino nos acompañará en nuestros paseos.
Con el calor ya apretando entran en escena dos intérpretes inconfundibles y siempre presentes en el páramo. Como una cacofonía se deja escuchar el “cu-cu-cu” y un más lejano “bu-bu-bu”, el cuco se escucha, pero rara vez se deja ver, la abubilla, también de hábitos desconfiados la podremos identificar por su silueta en lo alto de algún mojón de piedras.
Por encima de la línea del horizonte se recorta la silueta de un recién llegado de África para criar en nuestras tierras, un gran acróbata, la elegancia hecha vuelo mecido por la brisa. Sus largas y estrechas alas le ponen el nombre de aguilucho y su bello plumaje gris claro su apellido y su sexo: el cenizo.
Se trata de un ave terriblemente castigada por su hábito de criar entre los cebadales con el añadido de que el ciclo de la planta cada vez más corto, sumado al aumento de la temperatura, hace que las cebadas amarilleen antes.
El resultado es que las cosechas se adelantan, cuando aún las polladas no han abandonado el nido, lo que les hacer perecer bajo las cuchillas metálicas de las cosechadoras, poniendo en peligro las poblaciones de esta fantástica rapaz.
Otra pequeña rapaz de colores más discretos queda en suspenso en el aire con su rápido batir de alas mientras escruta el suelo en busca de insectos, pequeños roedores y reptiles. El cernícalo forma parte inseparable de la estepa cerealista, como también lo son los sisones, alcaravanes, gangas, ortegas y la gran avutarda, especies en regresión que cada vez se hace más complicado avistar.
Va bajando el sol por el poniente, pero la actividad no cesa. En lo alto de un espino un pequeño gran cazador sigue atento a lo que ocurre unos metros más abajo de su posadero. El alcaudón común, que no es el único que luce pequeños atisbos de color en su plumaje, pequeñas pinceladas de color en un mundo donde el color parduzco predomina, y compite en colorido con su primo el real, con tarabillas, sin llegar a la altura de la belleza de la estilizada collalba gris y sobre todo de la rubia o del pequeño pardillo. Lo dicho, un mundo discreto de gran belleza en cuerpos diminutos.
Ya con el sol sobre la línea del horizonte nuestros protagonistas se van retirando a sus dormideros, pero no por ello la vida cesa. Un lejano “clii-urr-lii” seco delata la presencia de un fantasma de la estepa que gusta más de correr que de volar, el sorprendente alcaraván, que confía en su mimético plumaje para sentirse a salvo. Y no podría faltar en estas llanuras la silueta inconfundible del rechoncho mochuelo en lo alto del majano con su lastimero maullido llamando a su amada.
Vamos acabando, por motivos de espacio nos hemos centrado en la avifauna, pero no podemos dejar a un lado los invertebrados, reptiles y mamíferos, que darían para otra entrada. La estepa cerealista constituye un hábitat que no destaca por su colores llamativos, salvo quizá unos pocos días en primavera más por su flora que por su fauna.
Con unas condiciones duras de frío y de calor, seguramente sea la gran olvidada y despreciada por los fotógrafos y amantes de la naturaleza, pero forma un ecosistema que cuanto más se conoce más se admira y que siempre nos brinda agradables sorpresas que guardar en nuestras retinas y tarjetas. Es labor de todos conocerla, admirarla y con ello, protegerla.
Gracias por llegar hasta aquí.
Todas las fotos son © Javier Peña
………………………………………………………….
Magnífico y maravilloso reportaje.
Muchas gracias por tu comentario. Nos alegra que te haya gustado
Muchas gracias Timoteo, un pequeño repaso de la avifauna que tantas veces te habrás encontrado por esos campos que tanto te gusta recorrer.
Es un estupendo registro del campo cerealista del que yo también estoy enamorado. Magníficas fotos.
Muchas gracias por tu comentario. Nos alegra que te haya gustado.
muchas gracias Alfredo, me alegra que te hay gustado el texto y las fotos.
Buenisimo trabajo Javi me parece fabuloso
Muchas gracias Andrea, hay que dar a conocer lo que tenemos a la puerta de casa.
Un reportaje de altura. Buen trabajo.